Las primeras palabras...

Soli Deo Glory

Desde mucho tiempo pensé en escribir un libro, pero hoy lo hago de una ventana distinta, usando el teclado como pluma y estas páginas que me proporciona la tecnología virtual. Me resulta muy grato compartir las impresiones que tengo sobre "El Libro", como le solía llamar Gabriela Mistral, la poetisa chilena.

Sé, que escribiendo desde este lugar, los comentarios, sugerencias y críticas no se harán esperar. No soy un prolífico escritor ni famoso autor, simplemente quiero plasmar esas impresiones personales del gran Libro, que es la Biblia y compartirlas con todos aquellos que se atrevan a leerlas.
Las notas serán a veces reflexiones breves y en otras oportunidades, un tanto más extensas.
Escribir es una aventura y dedicarle tiempo al "Gran Libro" es una gran aventura. Entonces, sé bienvenido a estas letras que desde mi corazón han brotado, te invito a leer con paciencia y comentar con toda libertad.

¡Abramos juntos el Libro que tanto tiene para decirnos!

EL QUE ESCRIBE

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Creo en Dios y en Jesucristo como único y suficiente Salvador. Casado con una única, dulce e idónea esposa; padre de dos hermosos varones (15 y 5 años) Maestro del Grupo de Jóvenes y la Escuela Bíblica. Tratando de ser "Escritor". Me desempeño como Administrativo en AVDT

lunes, diciembre 13, 2010

Del cielo a la tierra


"Cuando ya iba amaneciendo, se presentó Jesús en la playa; mas los discípulos no sabían que era Jesús" Juan 21:4 (RVR 1960)

El Evangelio de Juan comienza mostrándonos la eterna existencia de Jesucristo el Señor, el Verbo Divino, quién es la fuente de todo conocimiento y poder, causa por la cual todo fue creado y sostenimiento único del vasto universo. La mayoría de los primeros versículos nos dan una pincelada de lo todopoderoso, todosuficiente, omnipresente, sabio y eterno que es el Señor Jesucristo, pero que encontrándose en la eternidad decide venir a la tierra -tomando forma de siervo- con el objetivo de acercar al hombre a la Divinidad.
Concluye el Evangelio de Juan mostrando a Jesucristo aquí en la tierra, habiendo cumplido su misión de reconciliar al hombre con su Hacedor, pero ofreciendo hasta el último momento descanso, alimento y asistencia permanente para cuántos confían en Él.
El relato nos sitúa a una orilla del Mar de Galilea, cuyas olas debieron sosegarse y en donde los vientos debieron silenciarse ante la voz de autoridad del Hijo de Dios. Es este mismo Mar el que ha sido testigo de las enseñanzas de Jesús, de las sanidades obradas y de las demostraciones del poder de Dios que Jesucristo dio a conocer. Ahora en una de sus orillas, Jesús espera pacientemente a sus cansados y hasta a veces desanimados discípulos, ofreciéndoles luego de una jornada agotadora, un lugar donde descansar, una fogata dónde calentarse tras una noche fría de pesca, un momento para compartir y una porción de alimento que Él mismo ha preparado cuidadosamente.
Que buena resulta la escena, pero la realidad de esos discípulos era otra; ellos se encuentran cansados y hastiados de una noche ajetreada e infructuosa que no hace más que decepcionar y debilitar. Es tanto el desánimo que los párpados del corazón pesan a tal punto que es imposible reconocer al Buen Señor con el que tantas jornadas han compartido juntos. Simplemente no le reconocen, no saben quién es.
¿No nos sucede del mismo modo a nosotros? Vivimos una vida agitada, llena de sinsabores, desilusiones y espectativas que en algunos casos no son satisfechas y nuestros párpados se cierran, al igual que los de estos díscipulos, y nos impiden ver al Señor Jesucristo que está a la orilla ofreciendo su ayuda, compañía y sostenimiento.
Jesucristo, mi amigo, ha descendido del cielo para acercarnos a Dios. La única forma de hacerlo era caminando en la tierra igual que nosotros, entendiendo nuestra situación muy de cerca y tomando nuestro lugar en la cruz. Muriendo allí culminó su obra; vino del cielo a la tierra para llevarnos de la tierra al cielo. Hoy está a la orilla aguardando por nosotros, ofrece descanso, aliento, compañía y sostenimiento para cuántos descienden de sus barcas y aunque no le vean claramente, confían en Él y se sientan alrededor de lo que Él ha preparado dispuestos a ser alimentados y sustentados por Él.
Es preciso bajar de la barca, dejar lo que nos ocupa y rendirse totalmente a sus pies. Finalmente nos sacará del mar de la vida y nos llevará al lugar eterno, nos conducirá de la tierra al cielo, que es su morada permanente.

1 comentario:

  1. Es Por esto que deseo estar siempre en la Barca y para siempre! Bendiciones para todos...

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